Su elaboración comienza germinada la malta cuando se la seca con humo de turba en hornos especiales, lo que le confiere el sabor ahumado. Completada la fermentación se obtiene un líquido espumoso muy semejante a la cerveza. De hecho, este era el aspecto de la cerveza antiguamente, antes de que se introdujera la costumbre de añadir lúpulo y de refinar el proceso.
Este líquido se destila dos veces (en Escocia, en Irlanda tres). El producto resultante es un licor incoloro de alta graduación al que solo le falta el envejecimiento para salir al mercado como whisky. Tres años es el periodo mínimo que la ley británica exige para merecer este nombre, pero la calidad del producto mejora notablemente alargando este periodo.
El envejecimiento tradicional se lleva a cabo en barricas de roble, procedentes en su mayor parte de los excedentes norteamericanos en la fabricación de bourbon. Por su coste excesivo, pocas destilerías utilizan ya las barricas de Jerez que abundaban en el Reino Unido antes de que el Consejo Regulador de la Denominación de Origen de este obligara a embotellar el vino en España.
Este proceso es el de fabricación del whisky de malta (single malt). Los únicos aditivos permitidos son agua, para rebajar la graduación, y caramelo, que no aporta al producto más que color. Muchos whiskies más oscuros no deben esto a un envejecimiento más prolongado sino al mayor aporte de caramelo. Los single malt son whiskys hechos completamente de malta y de una única destilería.